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Entrevistas
ENTREVISTA A REED BRODY
por
Finestres
16.02.2026

Reed Brody (Brooklyn, 1953) es abogado y ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos. Trabajó durante veinticinco años con las víctimas del antiguo déspota de Chad, Hissène Habré, condenado en Senegal por crímenes de lesa humanidad, y en los casos de Augusto Pinochet (Chile), Jean-Claude Duvalier (Haití) y Yahya Jammeh (Gambia).

Es autor de cuatro informes publicados por Human Rights Watch sobre la tortura de musulmanes detenidos por la Administración de George W. Bush. En 1985 sacó a la luz las atrocidades cometidas por los «contras» con el apoyo de Estados Unidos en Nicaragua y, desde 2024, es miembro de una comisión de las Naciones Unidas que investiga los abusos en este país centroamericano. También ha dirigido misiones de la ONU en El Salvador y en el Congo.

Con motivo de la presentación en la Llibreria Finestres del libro Atrapar un dictador (Atrapar a un dictador, Debate), lo hemos entrevistado para conocer más de cerca su inestimable labor.

Atrapar a un dictador narra muchos años de trabajo para llevar ante la justicia a Hissène Habré, expresidente de Chad. ¿Cómo decidiste transformar esta experiencia en libro y qué querías transmitir más allá de los hechos que explicas?

Durante años nos decían que estábamos locos o que éramos ingenuos por intentar juzgar a Hissène Habré. Decían que los otros déspotas africanos nunca permitirían que Habré fuera a juicio, que sus viejos aliados en Estados Unidos y Francia tampoco lo consentirían. Los obstáculos se multiplicaban y, aun así, seguimos adelante.

Escribí este libro para demostrar que no estábamos locos y que los crímenes de los tiranos no tienen por qué quedar impunes. Incluso en una época como la actual, en la que la autocracia avanza y la justicia internacional es cuestionada, nuestra experiencia muestra que con perseverancia, creatividad y poniendo a las víctimas en el centro, a veces es posible llevar ante la justicia a los peores criminales del mundo.

En tu carrera profesional te has enfrentado a figuras muy poderosas, amparadas y protegidas muchas veces por Occidente, y de hecho se te conoce con el sobrenombre de “Cazador de dictadores”. ¿Cómo has conseguido mantener la perseverancia (y la esperanza) cuando la justicia tarda tanto tiempo en llegar?

A la prensa le encanta llamarme “cazador de dictadores”, pero por supuesto eso no refleja el trabajo serio que hago junto a las víctimas que luchan por justicia. Esa colaboración, esa camaradería y visión compartida es lo que nos permite sostenernos mutuamente.

Cuando la justicia tarda décadas, la perseverancia no es individual: es colectiva. Y son las propias víctimas quienes te enseñan a no rendirte.

¿Cuál fue el papel que jugaron las víctimas durante el proceso contra Habré? ¿Qué te enseñaron?

Las posibilidades emancipadoras del derecho solo existen cuando las víctimas están en el centro de la lucha. En el caso Habré, la historia está ligada a personas como Souleymane Guengueng, quien vio morir a decenas de compañeros de prisión y que “desde lo más profundo de su celda, juró a Dios que, si salía con vida, lucharía por que se hiciera justicia”; a Clément Abaifouta, obligado a enterrar a sus compañeros en fosas comunes; o a Jacqueline Moudeina, la abogada chadiana herida en un intento de asesinato por un secuaz de Habré.

Ellos no solo aportaron pruebas: crearon las condiciones políticas para el juicio. Sus historias conmovieron a la opinión pública y a los responsables políticos. Me enseñaron que la justicia no es solo un proceso jurídico, sino también un proceso humano y moral.

Actualmente, las figuras autoritarias vuelven a ganar terreno dentro de las democracias. Y estamos siendo testigos de genocidios en directo, como el del pueblo palestino en Gaza o el de Sudán, por nombrar solo algunos. ¿Qué crees que podemos extraer del caso Habré que nos pueda ayudar a combatir las actuales y futuras injusticias?

La gran lección es que la justicia es posible, aunque parezca improbable, y gracias a gente normal. Cada sobreviviente puede ser Souleymane Guengueng, cada activista puede ser un “cazador de dictadores”. Al igual que el caso Pinochet, el juicio de Habré creó esperanza: cuando la gente ve a las víctimas llevar a su dictador ante la justicia, empieza a creer que ellos también pueden hacerlo.

También enseñan que la justicia internacional avanza de forma irregular, con retrocesos y avances. Pero cada proceso crea precedentes, redes de activistas y herramientas jurídicas que pueden servir para futuras luchas. Después de la caída de Yahya Jammeh en Gambia, recibí llamadas preguntando si Jammeh también podría ser llevado ante la justicia. Junto con Souleymane, Clément, Jacqueline y otros, fuimos a Gambia a reunirnos con víctimas de Jammeh. Se inspiraron en nuestro ejemplo y, tras ocho años de lucha, se ha creado un tribunal para enjuiciar a Jammeh.

El libro ha sido definido como una mezcla de thriller político, memorias y manual de derechos humanos. ¿Cómo has conseguido equilibrar en un solo libro tu faceta de abogado, pero también de testigo y de activista?

Escribí el libro para el público general. En él conocemos a héroes, asesinos, presidentes y sinvergüenzas: Habré, que mató y torturó a miles; Ronald Reagan, quien lo puso en el poder; sobrevivientes de violación que rompieron el silencio; un torturador que no pudo vivir con su conciencia; el califa que me dijo que debía proteger a Habré; el presidente de Chad, que despreciaba a Habré pero temía que un juicio revelara sus propios crímenes; el presidente de Senegal, que me prometió dos veces que permitiría el juicio; el brazo derecho de Habré, que intentó matar a nuestra abogada Jacqueline; y las víctimas, que al final triunfaron.

Y ya por último, ¿crees que en un futuro veremos sentadas en un tribunal a figuras como Netanyahu, Trump o Putin?

¡Ese debe ser nuestro objetivo! Netanyahu y Putin han sido imputados por la CPI por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Hoy parece imposible que sean capturados y trasladados a La Haya, pero eso mismo se pensaba de Slobodan Milošević.

Trump está en una ola de crímenes: desde asesinatos en alta mar en el Caribe y agresión contra Venezuela hasta crueldad deliberada contra inmigrantes en Estados Unidos.

Acabo de regresar de cuatro meses en Estados Unidos, mi país, donde participé en la campaña de Zohran Mamdani, en las enormes manifestaciones del “No Kings Day” y como observador jurídico en las citas de inmigrantes ante los tribunales federales. Me fui con la sensación de que la marea ha empezado a cambiar contra Trump, de que los estadounidenses comprenden ahora que deben movilizarse para salvar nuestro país.

Creo que los trágicos asesinatos en Minnesota han sido un punto de inflexión en la construcción de una resistencia nacional, del mismo modo que Groenlandia ha despertado a los europeos sobre el peligro que representa.