A todas nos ha pasado alguna vez. Estamos hablando con toda naturalidad y, de repente, decimos una palabra que no tocaba, confundimos un nombre o soltamos una expresión que nos sorprende incluso a nosotras mismas. Es lo que conocemos como lapsus linguae, un error aparentemente insignificante que, según la psicología, puede revelar mecanismos mucho más complejos de lo que solemos imaginar.
Para Sigmund Freud, estos errores no son simples distracciones. Los llamados actos fallidos pueden ser la manifestación de un pensamiento, una emoción o un deseo que permanece oculto en el inconsciente. Olvidar el nombre de una persona, perder repetidamente el mismo objeto o sustituir una palabra por otra serían pequeñas grietas por las que se escapan contenidos que la conciencia no controla del todo. Aunque hoy muchas de sus teorías sean objeto de debate, la idea de que una parte de lo que pensamos y sentimos opera al margen de nuestra voluntad sigue ejerciendo una gran fascinación.
Ahora bien, no todas las confusiones tienen un origen tan profundo. Muchas son el resultado de la manera en que el cerebro procesa el lenguaje. La semejanza entre dos nombres, la proximidad entre dos palabras o la familiaridad de un sonido hacen que establezcamos asociaciones casi automáticas. Leemos aquello que esperábamos leer o decimos un nombre porque se parece demasiado a otro que también forma parte de nuestro imaginario.
Hemos preguntado en la librería cuáles son los lapsus linguae más frecuentes y, por ejemplo, es lo que ocurre con Ingeborg Bachmann e Ingmar Bergman. Ella es una de las escritoras más importantes de la literatura austríaca del siglo XX; él, uno de los directores de cine que más ha influido en la historia del séptimo arte. A pesar de dedicarse a disciplinas diferentes, la semejanza entre los nombres hace que a menudo aparezcan asociados. También es fácil intercambiar a Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. Ambas forman parte de una misma generación de escritoras, ocupan un lugar destacado en la literatura española del siglo XX y siguen siendo lecturas imprescindibles. Esta proximidad cronológica y su presencia habitual en las mismas estanterías contribuyen a la confusión.
Una situación parecida se produce con Agatha Christie y Agota Kristof. La primera es una de las autoras fundamentales de la novela de detectives; la segunda, una de las grandes voces de la literatura europea contemporánea gracias a obras como El gran cuaderno. Más allá de la semejanza de los nombres, sus libros responden a tradiciones e intereses muy distintos. También comparten nombre de pila Javier Cercas y Javier Marías. Ambos han sido figuras destacadas de la narrativa española contemporánea, pero mientras Cercas ha dedicado buena parte de su obra a explorar la memoria histórica y la relación entre realidad y ficción, Marías construyó un universo literario centrado en la identidad, la conciencia y las relaciones humanas. Y aún podríamos añadir a John le Carré y Emmanuel Carrère. El primero es conocido sobre todo por sus novelas de espionaje; el segundo ha desarrollado una obra a caballo entre la literatura, la crónica y el ensayo. No todas las confusiones tienen que ver con personas, no os confiéis. Astronomía y gastronomía solo se diferencian por una letra. Es una distancia mínima, pero suficiente para que más de una vez leamos una palabra por la otra o acabemos dirigiéndonos a la sección equivocada.
Las confusiones forman parte de la manera en que leemos, recordamos y asociamos ideas. A veces son simples distracciones; otras, nos descubren autores que no buscábamos. Esta semana os proponemos una selección de libros que conviven en nuestra librería con estos pequeños malentendidos. Quizá encontréis alguno de los nombres que soléis mezclar. O quizá descubráis uno nuevo precisamente gracias a la confusión.
Y vosotros, ¿cuál es vuestro lapsus linguae?









