Un pasillo de hotel vacío, un parque infantil abandonado, una tienda de muebles iluminada de madrugada o un restaurante de carretera decorado en Navidad. ¿Qué se puede encontrar en esos sitios? Ante estos espacios silenciosos y desnudos de alma, donde la amenaza no es visible, surge de repente una pregunta incómoda: ¿dónde está todo el mundo? La extrañeza de volver a la casa de la infancia y encontrar sólo ruinas, de mirar la fotografía de un ser querido que ya no está y preguntarse por qué su recuerdo late en el vacío; una experiencia donde lo cotidiano se convierte en perturbador bajo un concepto cada vez más presente en la cultura digital: la liminalidad.
El mito de los Backrooms, traducido al castellano como «cuartos traseros», no nace espontáneamente, sino a partir de una fotografía concreta publicada anónimamente en el foro 4chan, fundando una iconografía de la desazón: una oficina desierta de habitaciones infinitas y amarillentas, impregnadas de olor a humo, con una moqueta fluorescente. Con el tiempo, el imaginario colectivo ha expandido la leyenda hacia decenas de nuevos escenarios donde la física y el tiempo trastocan nuestras leyes: piscinas infinitas, túneles industriales, edificios interminables o complejos subterráneos donde, si no se presta atención, una puede verse atrapada por las criaturas que los habitan.
El antropólogo Marc Augé acuñó el concepto de no lugares para referirse a aquellos espacios de tránsito donde pasamos sin arraigar, como los aeropuertos, los hoteles de cadena o los centros comerciales. Los Backrooms llevan esta idea al límite y se convierten en zonas liminares, del latín limen, umbral, anomalías espaciales que se encuentran en un plano ajeno a nuestra realidad estándar. El acceso a estas dimensiones es raro y fortuito, casi un error de la realidad: una tonalidad de pared más oscura, una puerta extemporánea o una zona que genera un repentino malestar. Una vez dentro, el destino queda sellado en un laberinto en el que se pierde la orientación de forma inmediata y donde la premisa es tan perturbadora como irreversible: es prácticamente imposible volver a casa.
Más allá del fenómeno de internet, de las historias correlacionadas o de su inminente adaptación cinematográfica a manos de A24, este mito plantea una cuestión fundamental: ¿qué le ocurre a la idea misma de sitio? Gaston Bachelard decía que una habitación se convierte en hogar cuando sedimentamos nuestra existencia, un refugio casi uterino que organiza nuestra relación con el mundo a través del gesto y de la memoria. Los Backrooms, en cambio, son espacios creados para albergar multitudes que, al quedar desérticos, se transforman en una especie de habitación schrödingeriana: un espacio indómito que conserva sólo la impronta espectral de lo humano. El archivo digital de un mundo convertido en resto de sí mismo, donde al perder el vínculo con el espacio habitable, la identidad finalmente se desintegra.























