Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una adicción es una enfermedad tanto física como psicoemocional que crea una dependencia o necesidad de una sustancia, actividad o relación. Conjuntamente a este círculo vicioso de dependencia, también encontramos la dopamina, un neurotransmisor encargado de enviar al cerebro señales de satisfacción, complacencia, realización y seguridad, una de las formas de fruición inmediata más buscadas. El problema surge cuando, reiteradamente, exponemos el cerebro a estímulos artificiales que generan picos rápidos y desmedidos de dopamina, alterando el sistema nervioso y favoreciendo patrones de conducta adictiva.
En una época de accesos inmediatos y frenesí consumista como la nuestra, resulta extremadamente fácil encontrar dopamina en una sucesión ininterrumpida de estímulos, lo que facilita la aparición de adicciones de todo tipo. Esta búsqueda de evasión e incentivos no sólo surge en torno a ciertos ambientes tendenciosos, sino que tiene una larga tradición en la historia de la literatura: ya a finales del siglo XIX, Paul Verlaine ilustraba en Los poetas malditos como el juego, las sustancias y las relaciones disfuncionales impregnaron la creación de simbolistas y románticos que vivían en los márgenes, convirtiendo la periferia y el abismo en su fuente de inspiración. Charles Baudelaire bautizó con lucidez estos entornos plásticos diseñados para sobreestimularnos como «paraísos artificiales».
Aunque existen adicciones históricamente más nocivas y estigmatizadas –como el alcohol, las drogas o el sexo–, hoy en día la dependencia se infiltra en nuestra vida de formas más sutiles, como la adicción a la comida o las nuevas tecnologías; lo que puede llegar a banalizar el término «adicción», diluyendo su significado. La relación entre estímulos, excesos y creación ya viene de lejos: William Blake proclamaba que «el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría», sugiriendo que, de la discordia, la angustia y el consumo podían surgir grandes innovaciones literarias, mientras que Elizabeth Browning se refería al láudano que tomaba como «mi elixir». Más tarde, Charles Bukowski manifestaba (en referencia a su consumo drogodependiente): «encuentra lo que amas y deja que te mate»; y Truman Capote se autoafirmaba diciendo: «Soy alcohólico. Soy drogodependiente. Soy homosexual. Soy un genio». Aun así, omitiendo la romanización deliberada y el nihilismo mal sufrido, no debemos olvidar que la droga, los vicios y las adicciones que generan no son una fuente inagotable de creación, sino un recurso desesperado ante el tedio existencial. Autores y autoras como Browning, Hemingway, Kerouac, Parker, Bukowski, Duras o Capote escribieron sus mejores páginas a pesar de sus adicciones, no gracias a ellas.
Separar el talento del sufrimiento no es sólo un acto necesario, sino un requisito vital y artístico. Más que depender de sustancias o actividades adictivas que nos doten de dopamina constante a través de choques de estímulos, es necesario cultivar sensibilidades, herramientas y disciplinas que fomenten la creación desde la salud. Si debemos abrazar una adicción, que sea el amor a la lectura: una dependencia benévola y pacífica que, en el peor de los casos, sólo nos desgastará ligeramente la vista, nos desdibujará la postura y nos incitará, quizás un poco de más, al sedentarismo.




























