En Riesgo de extinción: Cómo la humanidad descubrió su propio final recorremos, de la mano del historiador Thomas Moynihan, cómo la humanidad ha imaginado su propia extinción a lo largo de la historia.
Cabe añadir, antes de nada, que Moynihan hace una distinción clara entre «extinción» y «apocalipsis», ya que no solo las considera ideas incompatibles, sino profundamente contradictorias. Por un lado, tenemos el apocalipsis: profético, sibilino y teleológico, nos asegura un final lleno de significado. Por otro lado, la extinción anticipa el final de cualquier significado imaginable: la extinción, en su catástrofe, pone punto final a una especie y a un cosmos que hace tiempo que están desacralizados, sin mostrarnos ningún sentido oculto, ninguna proeza ni ninguna añoranza, la desaparición de un linaje más que no afectará a la trascendencia universal.
Presenta así la extinción como una carencia completa de sentido, con sus absolutas imposibilidades. El autor nos indica que la extinción se basa en la toma de conciencia de que el universo no responde —de ninguna manera— a nuestros deseos morales, tampoco a nuestro sentido de justicia. Más que una posibilidad que claudica de cara al futuro, se transforma en una realidad constante; más que una crisis o un nihilismo suspendido en el aire, se convierte en la imposibilidad misma de la experiencia: una realidad finita de significado donde el cosmos radica y es sin nosotros.
Adorno encapsula de manera lírica la idea de extinción en su Dialéctica negativa, donde tomando como referente su ensayo Crítica de la cultura y la sociedad (1945), expresa: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». De repente, tras un mal inimaginable, todo parece inocuo y falto de sentido, como si ningún hilo racional o artístico pudiese llegar a tejer el sinsentido en el que se ha convertido la realidad. El hecho de ser, como categoría filosófica, ha muerto de forma tautológica, ya no se sostiene; hay una imposibilidad de pensar que nos aboca a la aniquilación.
Hegel, Marx, Kojève, Fukuyama... imaginaban que cualquiera de sus sistemas políticos sería el pináculo de la humanidad que nos vertería al «final de la historia» cuando, llegados a fin de cuentas, la extinción nos atrapa con un gemido, no con una explosión. Como Los hombres huecos de T. S. Eliot, nos quedamos en la nada, un tajo que no sangra: This is the way the world ends / Not with a bang but a whimper.
La extinción se encara, de una sacudida, en un diálogo abierto con la muerte (al menos con un tipo particular de muerte): la desaparición de un colectivo, el final de una forma de vida. La tan labrada herencia se ve desintegrada, interrumpiendo de golpe un linaje cultivado durante milenios que parecía infinito. Al mismo tiempo, destituye una idea de la muerte humana, demasiado humana: la concepción existencial que hace de la muerte una vivencia exclusivamente nuestra. Esta supuesta tragedia muestra la inverosimilitud de la vida. ¿Qué seremos nosotros, sino irracionales?
El punto final de una historia tampoco niega la voluntad de escribirla, ni la reconduce hacia la resignación; simplemente nos ofrece una premisa: el acto radica en el hecho de concluirla. La noche cae oscura y el alma se disuelve; parece que no volverá a salir el sol. Las identidades, desintegradas de cualquier posible unidad ontológica, se esparcen como la niebla para, acto seguido, esfumarse como el humo.
El proyecto —sin garantías— que es la humanidad, tal como vaticina Moynihan, será el todo universal. La energía se conserva, la materia también: nada se acaba perdiendo, simplemente se transforma. El conocimiento se perfila de forma tan perecedera y efímera como cualquier sustancia. Nos guste o no, el éter continúa existiendo a pesar de agotar el lenguaje y la extinción, sin ser puramente empírica ni ideal, nos trasciende a todas.




























