A lo largo de los milenios, los humanos hemos forjado profundos vínculos con los animales, que han transformado tanto nuestra vida como la suya. Este proceso de adaptación no ha sido sólo el resultado de una estrategia de supervivencia, sino, en muchos casos, un acercamiento hacia una vida compartida.
El vínculo ha dejado huellas singulares a lo largo de la historia. Remontándonos a la época antigua, encontramos a Ramsés II, quien tenía como compañero a un león llamado Invencible, con el que no sólo cohabitaba, sino que también le hacía de guardián en todas sus grandes batallas. Tampoco podemos olvidar a las gallinas sagradas que acompañaban a las tropas romanas para obtener augurios sobre su fortuna. Se creía popularmente que las aves -especialmente las gallinas- tenían el poder de pronosticar el futuro en momentos clave; por eso, en el año 249 a. C., en las costas de Drepano (Trapani), los marineros del general Claudi Pulcre consultaron si era el momento oportuno para atacar a las galeras púnicas. Al negarse a comer, las gallinas auguraron un desenlace fatídico para los romanos. Si avanzamos en el tiempo, en el año 802, llegamos a Carlomagno, quien recibió como regalo diplomático —enviado por el califa de Ascalón y Bagdad, Harun al Rachid— un elefante asiático albino llamado Abul-Abbas, del que se encariñó profundamente. Asimismo, en 1487, el sultán de Egipto, al-Ashraf Qaitbay, regaló a Lorenzo De Médici una jirafa que, por desgracia, murió al poco de llegar a Florencia.
Incluso Heródoto de Halicarnaso, que visitó Egipto a mediados del siglo V a. C., subraya en su obra Euterpe que «los animales domésticos eran abundantes» y deja constancia de la gran desolación y tristeza que sufrían sus habitantes al perder un animal de compañía. Narra, de hecho, cómo se afeitaban las cejas cuando moría un gato, y todo el cuerpo —incluida la cabeza— cuando moría un perro.
Sin embargo, no podemos olvidar que los animales, sea cual sea su especie, no nos pertenecen. Donna Haraway, en Staying with the Trouble (Seguir con el problema), señala que las relaciones entre seres de diferentes especies son primordiales e inevitables: siempre se manifiestan de una u otra forma. Este reconocimiento del entramado entre humanos y animales no humanos en los estudios socioculturales otorga a estos últimos la condición de sujetos con agencia. Es necesario desestabilizar la dicotomía humano/animal —cultura/naturaleza— para liberarnos de esta dualidad opresiva y contemplar un horizonte de posibilidades afectivas que escapan del binomio dominante/sumiso o dueño/mascota. Es en esta vinculación interespecie donde el punto de vista de cada uno interacciona en una experiencia conjunta de coexistencia. Al fin y al cabo, los animales no son nuestros; ni siquiera los perros y los gatos.
Así, alejada de la mirada jerárquica, la librería Finestres se plantea como un hábitat interespecie (¡ya sabéis que podéis visitarnos con vuestros compañeros no-humanos siempre que lo deseéis!) donde celebramos la oportunidad de construir alianzas cotidianas basadas en el cuidado mutuo, la curiosidad y el respeto, convirtiéndose en un punto de encuentro abierto a la convivencia y al aprendizaje desde la diferencia.
No olvidemos que, en esta tarea, nos acompaña nuestro querido Watson, veterano literato y espíritu protector de la casa. Como nosotros, él vela por hacer de la librería un cobijo acogedor para cualquier especie que quiera disfrutar del placer de la lectura.














































