¿Qué te impulsó a empezar a escribir? ¿Cuáles fueron tus primeros vínculos con la poesía?
Toda la vida, desde que era niño, la palabra hablada y la palabra escrita me han llamado mucho la atención. De hecho, aunque parezca un tópico, aprendí a leer antes de ir a la escuela, preguntando cómo se combinaban las letras. La poesía, ya de pequeño, se convirtió en un código de significación que hacía transformar el mundo.
¿Cómo se vive el hecho de dedicarte a la creación literaria en el panorama catalán actual?
Diría que con grandes dosis de voluntarismo (como toda actividad relacionada con la cultura catalana hecha al margen de la Administración) y con la extrañeza de convivir en un mismo territorio con todo tipo de naciones diferentes.
Tu obra destaca por atravesar continuamente el deseo, el cuerpo y la memoria desde la disidencia. ¿Cómo encapsulas todo eso para hacerlo llegar al lector?
El deseo es el motor mental y espiritual que te hace crecer como individuo. El deseo no es tan solo sexual, físico, material. También es el deseo de ser, de devenir, de destruir, de construir realidades. El cuerpo es el espacio físico a partir del cual se vive el deseo, se lucha por él y se reciben las consecuencias de no haberlo alcanzado. La memoria es el vínculo que existe entre el deseo colectivo y el deseo individual. De este modo se produce una armonización de las tres realidades.
Haces recitales desde muy joven. ¿Cómo afecta esta experiencia sobre el escenario a tu obra escrita y a tu manera de crear?
Sobre todo afecta por la sonoridad de las palabras. Me gusta leer en voz alta todo lo que escribo para saborear el texto, para encontrar el volumen que necesita. Cuando haces un recital, no eres tú quien recita un poema, sino que eres tú quien se convierte en el poema. Es una manera de entender que el texto no es una continuación de ti, sino un acto que realizas y que provoca cosas que son independientes de ti.
¿Cómo se puede empuñar el lenguaje para hacer emerger las marginalidades, las luchas sociales y las disconformidades, sin que se limite a ser un simple vehículo narrativo? ¿Cómo puede el lenguaje cuestionar la norma?
Precisamente por esta idea de que el texto no es un testimonio, sino un acto. Cuando escribo no narro, sino que hago. El lenguaje es un generador de normas, pero también es un cuestionador de estas, un polemista, un infiltrado, un cuerpo con deseo y memoria que llega ante una multitud y dice cosas que la multitud no quiere oír.
¿Cómo te sientes después de recibir un reconocimiento de la magnitud del Premio Sant Jordi? ¿Crees que puede tener implicaciones en tu futuro literario?
En general, me gusta formar parte de la línea de tradición que el Sant Jordi ha tejido a lo largo de más de seis décadas de existencia difícil en nuestro país. También me gusta que la literatura que no tiene apriorismos comerciales forme parte de esta tradición, dado que en los últimos años el premio ha reconocido obras de muy poca ambición. La gran diferencia que percibo es la cantidad de lectores a los que llegas, que no vienen a leerte a ti, sino a leer el Premio Sant Jordi. También me divierte ver la falsedad general del mundo literario y me desagrada comprobar que la literatura no está en el centro de este mundo.
Durante tu discurso de agradecimiento por el Premio Sant Jordi dijiste que equilibrar el mundo es la función vital de la literatura. ¿Podrías darnos más detalles sobre esta premisa?
La literatura es un espacio de cuestionamiento de los discursos hegemónicos. Naturalmente, los libros comerciales, inofensivos, corporativos, mediatizados, etc., no siguen esta tradición. Pienso que el mundo se equilibra cuando se pone la marginalidad en el centro y la centralidad en el margen.
Prometeu de mil maneres es tu segunda novela, que llega después de una larga trayectoria como poeta. ¿Cómo conviven la lírica y la oralidad con el género narrativo en tu obra?
No hay diferencia, porque no existe una línea que separe la escritura lírica de la escritura épica o narrativa. Todo es una amalgama que contiene a la vez todos los compuestos. Cada escritura requiere un tipo de lenguaje. A veces, cuando escribo narrativa, no cuento sílabas.
La novela transcurre en Palma, tu ciudad natal, y rompe con la visión idílica que podamos tener de ella desde fuera. ¿Cómo has dado forma a la ciudad para ser fiel a tu propia mirada y qué experiencias te han llevado a retratarla así?
En primer lugar, porque tengo una memoria de la ciudad que es mucho más importante que cualquier recuerdo que pueda tener de ella. Porque es una ciudad estropeada, colonizada, vaciada, destripada, en cuyas calles continúa habiendo un pueblo, una gente que se siente de ella y la reivindica, que la hace crecer como quiere ser cada día. Como es mi ciudad, he nacido allí, me he criado allí, me he alejado de ella deliberadamente, hablo con ella y convivo con ella como un personaje más en esta novela.
Prometeu no es solo el nombre de un personaje, sino, sobre todo, un mito. ¿Qué te llevó a escoger esta figura fundacional?
Cuando decidí que escribiría esta novela, el punto de partida fue Prometeu Dolors, el protagonista y el antagonista a la vez. Prometeo es un ser mítico que se enfrenta a los suyos para complacer a quienes no son como él. Y, a cambio, recibe un castigo eterno sin rendición. Como Prometeu Dolors. Un mito que ha tenido muchas relecturas a lo largo de la historia en multitud de disciplinas artísticas. Mientras la humanidad continúe siendo humana, los mitos sirven para cuestionar la tradición y proponer una nueva.
Y, para terminar, ¿estás trabajando en algún proyecto nuevo del que podamos saber algo?
Ahora mismo acabo de trabajar en la edición de una biografía literaria titulada Mite i pols de Blai Bonet, que saldrá el 4 de octubre en Eumo Editorial. Tengo una novela terminada que se titula Divendres, dissabte, diumenge, que saldrá en algún momento, más adelante. También acabo de escribir un libro de relatos, Encara no. Y escribo poesía. La escritura no se detiene.
