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Entrevista a Eudald Espluga
por
Finestres
29.04.2026

Eudald Espluga (Girona, 1990) es licenciado en Filosofía y máster en Comunicación Cultural por la UdG. Es profesor de Estudios Culturales en la ESCAC, autor de los ensayos Las pasiones ponderadas (Capitán Swing, 2015), Rebeldes (Lumen, 2021) y No seas tú mismo (Destino, 2022), y colabora en medios como ARA, El Salto, El País y RAC1.


En el libro explicas que vivimos rodeados de relatos de colapso: desde el cambio climático hasta las distopías tecnológicas. ¿Por qué crees que esta idea del fin se ha convertido en un horizonte cultural tan viable? 

Actualmente habitamos una policrisis (climática, energética, tecnológica, bélica) que nos confronta con amenazas existenciales (la extinción, la destrucción de los ecosistemas, la escasez de recursos energéticos y alimentos, la guerra nuclear). Estos datos nos sitúan en una posición escatológica: nos confrontan con el fin de nuestro mundo. Lo que intento demostrar en el libro es que, por grave que sea esta situación, no necesariamente estamos abocados a pensarla como un colapso. Hay diferentes formas de metabolizar cultural y políticamente estos datos sobre los riesgos existenciales, y me parece peligroso que acabemos haciéndolo siempre desde las fantasías colapsistas, que limitan desde una perspectiva conservadora (y en la mayoría de los casos reaccionaria) la idea de un futuro mejor y más justo. 

Planteas que estas fantasías colapsistas a menudo generan parálisis. ¿Cómo crees que se produce esa parálisis? ¿Es una cuestión emocional, política o mediática? 

Siguiendo a Ben Ware, creo que las fantasías colapsistas generan principalmente dos actitudes: impotencia nihilista o narcisismo hiperactivo. Lo hacen porque el colapsismo es una forma de filtrar los datos empíricos sobre la emergencia climática o la crisis energética y de recursos a través de una mirada “preparacionista”: asumiendo que el egoísmo natural de la especie humana hará que, cuando escaseen los recursos, estalle una guerra de todos contra todos, en la cual la única forma de vivir será estar “preparados” para enfrentarnos a los demás y resistir en condiciones muy duras. Por eso, o bien nos llevan a la impotencia y la parálisis (asumimos que todo está perdido, que el colapso y la guerra son inevitables) o bien se buscan salidas hiperindividualistas (ya sea fantaseando con marchar a vivir a otros planetas en colonias espaciales o encerrarnos dentro de un búnker). 

Quizá el problema no es solo que existan discursos sobre el fin, sino cómo se utilizan. ¿Crees que hay alguien que esté dominando hoy este relato? ¿Con qué intereses? 

La proliferación de discursos sobre el fin resulta comprensible cuando nos encontramos ante amenazas como la emergencia climática o la IA. No creo que sea el resultado de una estrategia consciente por parte de unas élites que, de hecho, están también atrapadas dentro de estas mismas lógicas: a un Elon Musk o un Peter Thiel también los mueven los miedos apocalípticos. Donde sí hay intereses es en la cristalización ideológica de estos miedos: de constatar una realidad demográfica y climática a postular mitos conspiranoicos como los de la Gran Sustitución o la existencia de un genocidio blanco hay un salto conceptual, que sí está acompañado por intereses políticos y económicos en favor de modelos tecnoautoritarios. La filósofa italiana Donatella Di Cesare acaba de publicar Tecnofascismo, un libro en el que analiza cómo la nueva clase tecnocrática puede avanzar gracias a los miedos proyectados sobre la nación como cuerpo etnonacional. Así, los discursos racistas contemporáneos ya no se sostienen en tesis sobre la inferioridad biológica de algunos grupos étnicos, sino en la gestión de los recursos (el ya clásico “no cabemos todos”). 

Se habla mucho de que la cultura popular (series, memes, videojuegos) está reforzando esta visión fatalista. ¿Crees que es así realmente? 

Creo que tienen un papel importante en reforzarla, sí, incluso cuando son historias distópicas que quieren concienciar o fomentar el pensamiento crítico. Pienso en series como El colapso o Don’t Look Up, que precisamente apuntan a los peligros de no tomarse en serio la crisis climática y energética, pero que en el fondo acaban siendo una representación (muy lograda) del guion colapsista. Pero tiene sentido que sea así, porque ya sea en cine o literatura, la representación del fin del mundo debe tener fuerza narrativa o dramática para enganchar a lectores y espectadores: decir que el fin del mundo ya está ocurriendo, de forma lenta y progresiva, difícilmente capta nuestra atención. El discurso cinematográfico, como el colapsismo, necesita fuegos artificiales. 

También hay muchos relatos en la cultura popular (películas, series, libros, etc.) que imaginan futuros alternativos fuera del marco del apocalipsis. ¿Por qué crees que no tienen tanto éxito como los imaginarios apocalípticos? 

Requieren un esfuerzo imaginativo mucho mayor, en la medida en que rompen con el realismo capitalista que nos embruja desde hace años: la idea, tantas veces repetida, de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Evidentemente, existen propuestas de ciencia ficción muy exitosas que superan los marcos apocalípticos, y pienso en la obra de Ursula K. Le Guin, Kim Stanley Robinson u Octavia Butler. Pero justo ahí está el reto que quiero abordar en el libro: cómo generar una imaginación política proyectiva que parta de experiencias políticas reales, y que no convierta el postcapitalismo en un sueño utópico, una alteridad radical, que solo podremos conquistar mediante una apuesta revolucionaria de todo o nada. 

A lo largo de la historia ha habido sociedades que ya han vivido colapsos que, desde dentro, quizá parecían el fin del mundo: la caída del Imperio Romano, la colonización europea en América o pandemias como la Peste Negra. ¿Crees que el relato apocalíptico actual olvida que el fin ya ha sido una experiencia recurrente para muchas sociedades, y que quizá hoy lo que está en juego es sobre todo el fin de una hegemonía concreta como la de Occidente? 

Al contrario, utiliza esta información como una prueba científica de que el colapso es una realidad muy cercana. Quien lo explica mejor es Lizzie Wade, que parte de la arqueología para mostrar que los apocalipsis nunca son un cataclismo final, sino un proceso de transformación. Frente a las fantasías colapsistas, vemos cómo los grandes desastres y las caídas de civilizaciones son procesos de cambio y adaptación, que van siempre acompañados de un salto cultural. Por tanto, en el libro insisto en la importancia de volver a poner en el centro la imaginación apocalíptica, entendida en su sentido etimológico de apocalipsis, que no significa fin, sino “desvelar”: el apocalipsis, ya desde el Libro de la Revelación, es ese momento de cambio profundo en el que se nos revela la posibilidad de un mundo nuevo. 

Si a lo largo de la historia la idea del fin ha sido tan recurrente, tanto en relatos religiosos como en momentos de colapso real, ¿hasta qué punto consideras que es una estructura profunda del pensamiento humano, que es consciente también de su propia finitud? ¿Crees que es realmente posible imaginar una sociedad que no esté atravesada por esta idea de final, o estamos condenados a pensar siempre el futuro en términos de acabamiento? 

Efectivamente, considero que la escatología tiene que ver con una estructura profunda del pensamiento humano, pero que culturalmente puede adoptar muchas formas. Creo que quien mejor lo ha formulado es Frank Kermode, en un ensayo precioso titulado El sentido de un final, donde sostiene precisamente que esta estructura narrativa es definitoria de los seres humanos. Pero lo que importa, pienso, no es la proyección inevitable de un final, sino preguntarnos cuáles son las ficciones de transición que nos ayudan a orientarnos (social, cultural, ética y políticamente) mientras nos encaminamos hacia ese final. 

Después de analizar todas estas narrativas sobre el fin, ¿cuál sería para ti una buena manera de imaginar el futuro hoy? 

Creo que hay que volver la mirada atrás, para ver cómo la imaginación apocalíptica ha generado a lo largo de siglos y siglos un conjunto de movimientos milenaristas revolucionarios, que han dado lugar desde revueltas campesinas hasta movimientos anticoloniales. La imaginación apocalíptica, históricamente, ha sido capaz de convocar agencias colectivas y movimientos subversivos entre las clases más bajas, y creo que solo así, haciendo del fin del mundo un llamado a la movilización política, podremos avanzar hacia un futuro mejor y más justo.

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