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Entrevistas
ENTREVISTA A XAVIER RIBAS
por
Finestres
17.06.2026

Xavier Ribas (Barcelona, 1960) es fotógrafo, profesor en la Universidad de Brighton y profesor asociado en la Universidad Politécnica de Valencia. Formado como antropólogo y con un claro interés por la geografía, el urbanismo y la filosofía de la historia, utiliza su obra fotográfica para explorar historias y lugares controvertidos, territorios fronterizos y geografías de la extracción. 


¿Cuál es la relación de fuerzas entre los recursos naturales chilenos y el capital global? ¿De qué manera se correlaciona esta industria con la colonización? 

La historia contemporánea de Chile está marcada por la presencia de minerales estratégicos en su territorio y por el impacto del capital global para extraerlos. El nitrato de sodio fue la primera industria minera de exportación en Chile. Duró casi cincuenta años y estuvo marcada por dos guerras; en este periodo cabe destacar una guerra civil y la formación del movimiento obrero. Todo ello alrededor del nitrato de sodio, que se comercializaba a escala global, principalmente a través de casas mercantiles británicas, como fertilizante natural y también para la producción de explosivos. 

La época del nitrato de sodio fue un periodo ciertamente convulso. Cuando el nitrato se agotó, o dejó de tener valor en los mercados internacionales, el capital internacional se dirigió hacia la explotación de los yacimientos de cobre y, más recientemente, hacia la extracción de litio. Para tener acceso a estos minerales estratégicos, el capital global ha asediado la política local, promoviendo conflictos con los países vecinos y conflictos internos, como fue el caso de la guerra civil de 1891 y del golpe de Estado de 1973. Es en estos momentos críticos cuando Chile pierde el control de sus propios recursos y la posibilidad de un futuro diferente. 

Tu/vuestra obra es un mosaico interdisciplinar que combina fotografía, vídeo, investigación de archivo y entrevistas personales. ¿Cómo habéis sido capaces de moldear estas diferentes expresiones y cómo habéis conseguido mantener el hilo pedagógico que traza el libro? 

El extractivismo no es una actividad que se desarrolla en un lugar concreto, como podríamos pensar que ocurre con una mina en el desierto de Atacama. De hecho, el extractivismo no es una actividad ni un acontecimiento, sino más bien una estructura o un sistema que se extiende geográfica y temporalmente. Esto dificulta su visualización y, por tanto, la cámara, el objetivo que mira hacia fuera (hacia un lugar y un tiempo concreto), no es suficiente. 

Nuestra práctica ha adoptado una propuesta más relacional y dialógica, que sitúa la fotografía dentro de una red configurada por materiales diversos que se despliega de distintas maneras en función del contexto, ya sea un espacio expositivo, un aula, un espacio comunitario o un libro. 

Pensamos que la obra no es solo el resultado de nuestras investigaciones, aquello que hemos sido capaces de comprender y articular, sino también los procesos de trabajo que hemos llevado a cabo, el andamiaje, podríamos decir, de la investigación. Es cierto que esta diversidad de materiales, algunos realizados por nosotros y otros encontrados, recopilados o intervenidos, hace más compleja la lectura del trabajo, porque este adquiere un aspecto fragmentado, donde la imagen resultante no es una imagen nítida. 

Pero la cuestión general que nos ocupa, el extractivismo, tampoco se presenta de forma nítida. Sus redes y procedimientos son más bien ocultos, visibles solo parcialmente, de modo que la multiplicidad y la fragmentación que toman forma en nuestro trabajo se corresponden con el carácter opaco del objeto de estudio. 

El lector, el espectador, debe adoptar una posición activa ante la cuestión; debe realizar su propio recorrido, unir cabos, establecer conexiones y llegar a puntos muertos, como hemos hecho nosotros. Esta es una parte pedagógica importante del proyecto. 

En el libro, por ejemplo, hay un índice sobre el extractivismo en Chile y sus vínculos con el capital mercantil británico y financiero global. Un índice que es un recorrido por algunos de los temas que hemos tratado durante estos años, una especie de síntesis inacabada, ordenada arbitrariamente, de la A a la Z, y que, por tanto, puede leerse desde cualquier punto, hacia delante y hacia atrás, conectando geografías y temporalidades y cruzando imaginarios imprevistos. 

¿Cómo ha sido trabajar con tantas personas desde tantos ángulos y especialidades diferentes? ¿Cuál fue la mayor dificultad a la que tuvisteis que enfrentaros como equipo? 

El trabajo colaborativo tiene dos aspectos importantes. Por un lado, los participantes tenemos experiencias, conocimientos y aptitudes diferentes. Por tanto, podemos abarcar más aspectos de la investigación que si trabajáramos solos por separado. Todos tenemos carencias, huecos, por decirlo de una manera espacial, pero los tenemos en lugares distintos. Donde no llega uno, llegan los otros. 

Dicho esto, cada uno tiene su propio trabajo y realiza una aportación personal al trabajo del equipo. La otra cuestión tiene que ver con el escrutinio constante del proceso, del trabajo en curso, porque la investigación se comparte mientras se desarrolla, no solo al final, con las conclusiones. Se ponen en común conceptos, procedimientos y posicionamientos ante el objeto de estudio y las maneras de abordarlo. 

La dificultad puede residir en conseguir que este intercambio sea productivo a largo plazo, que las divergencias, inevitables sobre todo en términos de objetivos, no dificulten el proceso. 

Por otro lado, la minería siempre ha planteado un amplio debate sobre el impacto de esta actividad económica en la salud, el medio ambiente y las comunidades establecidas en los territorios de explotación y tratamiento. Al mismo tiempo, siempre ha habido voces que argumentan que genera puestos de trabajo en la zona. ¿Cómo se han perfilado las voces de las personas afectadas para no caer en el mito del «salvador blanco» que da trabajo a una comunidad? 

Los beneficios que aporta la minería a las comunidades locales son temporales y nunca equiparables a los beneficios que extraen las empresas mineras, que son de larga duración y se metamorfosean constantemente. 

Nada, sin embargo, es comparable a la destrucción de los cuerpos y de los territorios afectados por la minería, que permanece en el territorio y es de larga duración: la toxicidad de la minería tiene una escala más-que-humana. 

La minería no es sostenible; los minerales se agotan, la actividad se detiene, el trabajo desaparece, el capital no regresa y se desplaza hacia otro lugar. Es decir, las actividades mineras siempre acaban convirtiéndose en una ruina, mientras que los cuerpos y la tierra quedan intoxicados durante largos periodos de tiempo. La historia es irrefutable en este sentido. 

¿Has podido leer Lignit, de Emma Casadevall? Trata sobre la explotación minera en el Berguedà en diferentes etapas del siglo XX. En Cataluña también tenemos una importante actividad minera vinculada a la extracción de potasa en el Bages. ¿Qué correlaciones podemos encontrar entre el extractivismo de Chile y el de Cataluña? ¿Crees que existe algún nexo importante en común? 

No, todavía no lo he leído. Lo tengo pendiente. Los nexos, sin duda, existen. 

Teniendo en cuenta las múltiples crisis ambientales y humanitarias actuales, y que los recursos del planeta son finitos, ¿cómo crees que se remodelarán las prácticas extractivistas en los próximos años? ¿Quién se verá más afectado por este cambio? ¿Quién o qué pagará el precio corporal y territorial de esta nueva remodelación? 

Hay una vertiente global en esta pregunta y mi impresión, en este sentido, es pesimista. El sistema es caníbal y avanza cada vez más eficientemente hacia su propia destrucción. La llamada transición verde, que debería revertir la degradación ecológica y el cambio climático, no es una verdadera transición porque se fundamenta en los mismos principios depredadores y destructivos. 

Pero también hay una vertiente local. Lo que hemos visto estos años es que los movimientos de resistencia locales están cada vez más organizados, establecen redes de resistencia deslocalizadas, saben cómo acceder a la información que las empresas mineras generan sobre sus territorios y cómo interpretarla, y hackean sus métodos de trabajo, por ejemplo mediante el uso de drones para supervisar y medir los efectos de las actividades mineras en sus territorios. En consecuencia, todo esto les proporciona capacidad de anticipación y previsión. 

Para las comunidades locales es una lucha constante que incorporan a su vida cotidiana. Ignacio define esta resiliencia como un activismo de baja intensidad: presencial, constante e imperturbable. 

Muchas veces preguntamos a los colectivos con los que trabajamos en Chile qué podemos aportar nosotros a su causa, y una de las respuestas que nos dan las comunidades locales es que, cuando volvamos a nuestros países de origen, intentemos consumir menos. 

El extractivismo también debe combatirse desde nuestros propios hogares.