Berta Creus esta licenciada en Traducción e Interpretación y trabaja como traductora. Debutó en el panorama literario catalán con Fins a l’última pedra (Males Herbes, 2024), la cual sorprendió tanto al público como a la crítica. Muy pronto también tendremos entre nosotros Mons on trobar-te (Males Herbes, 2026) su segunda novela; un drama íntimo de añoranza, culpa y perdón, que convierte la cotidianidad en magia y la fantasmagoría en certeza.
El libro abre con una estrofa del famoso poema Dream-Land, de Edgar Allan Poe. En uno de sus versos, aparece la palabra «Thule» (el último límite del mundo conocido). ¿Qué representa este territorio mítico y remoto para Jara y para el sentido del libro?
Muy al principio de pensar la novela, volví a ese poema de Poe, que a mí me remite al mito de la isla de Thule, a un viaje lleno de fantasmas y paisajes tétricos donde, en el fondo, te acabas sintiendo recogido. Esta isla me pareció el lugar donde todos hemos querido ir en algún momento de añoranza profunda, en la que buscamos que la geografía acompañe al vacío que deja quien se marcha. En la novela, presento a Thule como la isla en el norte más norte del mundo, un límite entre la vida y la muerte, un lugar donde peregrina gente de todas partes buscando sus fantasmas. Para Jara, esta isla forma parte de una búsqueda que es incapaz de terminar, y le acaba haciendo de refugio tenebroso, como ocurre en Dream-Land.
La historia se ubica en un entorno pirenaico muy concreto (el entorno de Taro). ¿Cómo influye este aislamiento geográfico en el estado mental de Jara y en la gestión de su duelo?
La geografía acompaña a Jara a lo largo de todo el libro. Los pueblos perdidos por los valles montañosos suelen parecernos idílicos, pero también son salvajes, solitarios y oscuros. Al principio de la novela, este paisaje le aísla de todo lo que no esté dentro de su cabeza, las montañas le hacen de pared del mismo duelo. Pero a la larga, cuando vuelve a entender el pueblo como un pedazo más de un espacio natural mucho más amplio, ve que de hecho no lo está nada aislada. La pared se cuna y recuerda que el motivo principal por el que había ido a vivir a Taro era poder liberarse de muchas cargas pasadas. Mientras escribía la novela, he ido haciendo cavilaciones sobre si es la geografía la que nos afecta los ánimos o los momentos que vivimos son los que realmente configuran el entorno de una u otra manera.
En el texto tienen un papel destacado las fiestas populares: la fiesta de fi d’estiu de Thule, la serp de foc y la castanyada. ¿Qué función tienen los ritos colectivos y la naturaleza en oposición al vacío personal de la protagonista?
Con los ritos, los humanos celebramos los cambios, en la vida y durante el año, y esto nos ayuda a entender y aceptar el paso del tiempo. Jara decide dar un portazo al mundo. Estos rituales, que ejemplifican una permanencia y una continuidad humana a lo largo de los siglos, le molestan. No sólo le recuerdan la comunidad y cómo ésta va haciendo con ella o sin ella, sino que, como no puede aceptar ni entender el cambio ni el paso de los días, le acaban suponiendo una gran hostilidad.
¿Cómo definirías el «terror de la ausencia» de forma plana y directa? ¿Cómo puede la intimidad doméstica, tanto física como psicológica, terminar transformándose en un monstruo terrorífico?
El terror de la ausencia, para mí, es la constatación demoledora de lo tan sabido y tan poco inculcado que todo tiene un final. Es el miedo absoluto del abismo, esa cosa tan humana de sentir terror de lo que imaginamos después del vacío. Cuando alguien desaparece repentinamente, muchas veces llenamos ese agujero con el primero que nos pasa por delante porque no soportamos la nada. La imposibilidad de no poder tocar a aquella persona, de perder cada momento juntos, es un ahogo constante. El vacío no se acaba de llenar nunca: es el fantasma. Se le puede dar la bienvenida y quizá la nostalgia sea más calmada. O podemos negarnos a trajinarlo, y entonces empieza el horror; nuestro día a día es una pesadilla reiterativa que sólo nos recuerda que no volveremos a ver a esa persona, y el fantasma se convierte en monstruo.
Evitando los tópicos del terror clásico (sobresaltos, vísceras, monstruos, sangre...), ¿cómo se consigue despertar de forma literaria esa sensación de inquietud, desasosiego y malestar general?
En realidad, no tenía el miedo presente a la hora de empezar a escribir esta novela, pero a medida que la desplegaba, me di cuenta de hasta qué punto existía esa angustia creciente, seguramente porque los personajes están llenos de ella. El mismo viaje interno de Jara y la forma en que cada vez se vuelve más obsesiva van sedimentando en la lectura, pero Sebastià también desarrolla situaciones angustiosas y Carles, aunque los equilibra, es una especie de vigilante en guardia permanente. Una vez en la isla de Thule, el paisaje, la meteorología y la luz ayudan mucho a hacer crecer aún más el aura fantasmagórica del relato y, combinados con la narración antigua de los supuestos periplos misteriosos del navegante Pitees al llegar a la isla, hay una inquietud que va llenando el espacio sin llegar al terror. Intuyes situaciones, pero no acabas de tenerlas claras, y esa tensión en el desconocimiento ayuda a crear el ambiente denso. La lengua, por supuesto, es primordial a la hora de plasmar todo esto: las palabras elegidas, la combinación de las frases, el ritmo, los sonidos.
Tu protagonista muestra una resistencia física y mental a reintegrarse al mundo laboral convencional, en contraste con Carles, su pareja. ¿Existe una voluntad de reflexionar sobre la precariedad, la salud mental y la imposibilidad de encajar en el sistema productivo mientras se sufre un duelo?
A grandes rasgos, sí. El duelo, de cualquier tipo, es un momento en el que las discrepancias entre el sistema actual y las necesidades humanas queda más patente. Pero en realidad Jara nunca acaba de encajar, y el luto sencillamente le acentúa. Primero busca trabajos para sobrevivir, después de otros que lo llenen, aunque se muera de hambre. Incluso trata de entrar en la rueda, porque le dicen que el dinero le dará más libertad, y acaba huyendo de todo. Cuando el luto la incapacita para hacer nada, y junto a alguien tan bien integrado en la sociedad como Carles, la solución de Jara es mentir, hacer ver que es productiva porque demostrar que no hace nada le supondría otra derrota. Se cansa de ser siempre la voz discordante pero tampoco sabe hacer como el resto, así que opta por escenificar e inventar.
