Las villas, las aldeas, los pueblos...Se han ido transformando en espacios sacralizados a través de un calidoscopio urbanita que utiliza colores estridentes para mitificar e idealizar un supuesto "entorno rural" que en realidad ignora. Sin quererlo, el pueblo se transmuta en un paisaje atemporal que nos devuelve, durante un espejismo corto y magnífico, a un refugio preindustrial, renegando de la alienación planificada de las grandes ciudades.
De repente, los pueblos se convierten en terceros espacios que se habitan a medias, despojados de cualquier noción de arraigo real. El éxodo rural se invierte —pero solo en apariencia— para dar paso a un éxodo urbano desnaturalizado y artificial.
No vingueu al poble a reposar es la última publicación, un híbrido entre la crónica, el ensayo y la prosa literaria, de la periodista palamosina Mar Camps.
Un año después de debutar con Sense mans pel camí fondo (Editorial Gavarres), Camps vuelve a las librerías con un nuevo proyecto para reflexionar sobre un rincón de mundo que conoce muy bien y del cual sentía que se hablaba demasiado a menudo desde una mirada urbana, ajena y distanciada. Este paisaje es el del Empordà y las Gavarres, con un eje central que late con fuerza: Celrà, el pueblo donde reside actualmente la escritora.
El atractivo de la vida rural, alejada del ritmo frenético de la metrópoli, es uno de los cebos más potentes a la hora de cambiar de código postal. La promesa de una vida folclórica y el contacto con la naturaleza empujan a muchos urbanitas a buscar un cobijo en esta nueva Arcadia. Esto, sin embargo, lejos de revitalizar los pueblos, a menudo se traduce en una reapropiación desde la sensibilidad ciudadana. Como bien defiende la autora, cada lugar necesita reafirmarse desde su singularidad, no desde la necesidad del otro.
"Lugares con autenticidad, llenos de silencio, bucólicos, mágicos o con encanto", detalla Camps. "Todas estas definiciones hacen que mucha gente vaya a buscar una desconexión que no encuentra, y esto los acaba llevando a criticar y denigrar lo que hay realmente."
De aquí surge la reivindicación de que, en los pueblos, simplemente, se vive. "De la misma manera que Barcelona dice que no quiere ser una fachada bonita con figurantes, lo mismo pasa con la gente de los pueblos", insiste la autora.
El libro se divide en siete capítulos que radiografían este desplazamiento sutil que altera la fisonomía y las dinámicas de unos pueblos que reclaman ser entendidos como centros en sí mismos. Camps lo ejemplifica con elementos cotidianos que se convierten en trincheras: el sonido de las campanas, la privatización de caminos tradicionalmente públicos, la reconversión estética de las masías o los olores de las granjas.
En el ensayo, la lengua juega un papel capital. Como ya hizo en su debut, Camps reivindica el habla local introduciendo palabras y expresiones de su región. Un buen ejemplo es el uso de paparra, que en sus hablas también toma las formas de rènec o garrenc, o el reclamo de la palabra iclesia como un vocablo menospreciado en resonancia con el catalán “estándar” barcelonés. "Una lengua no está sana si no se tiene en cuenta la lengua viva", subraya. Los pueblos no se deben preservar solo como nichos de identidad física, sino como sujetos políticos, culturales, sociales y lingüísticos.
Los pueblos no son tótems atemporales, ni idílicos Campos Elíseos, ni eufemismos vacíos bajo la etiqueta de territorio. Son espacios con identidad, cultura y nombre propio; la cuna de una resistencia diaria. Es precisamente de la tierra de donde nace la llama: una certeza tozuda que nos recuerda que, a pesar de los intentos de convertirlos en un parque temático, los pueblos son sujetos de pleno derecho, tan capaces como cualquier otro de reivindicar oportunidades, recursos y una vida digna para todo aquel que tenga el valor de habitarlos.





























