Los cuerpos que consumen —sea de la forma que sea— son cuerpos abiertos a la presencialidad. Bocas que gritan, se desgarran, muerden, salivan... El alimento, el aliento vital, debe entrar por una cavidad o por otra. La cardiofagia, el acto de canibalizar el corazón del amante, incita este aliento vital poniendo el motivo del corazón comido en su epicentro: consumir el corazón, las vísceras, la piel y la carne de la persona amada hasta que no quede nada, hasta que todo se unifique en el mismo baño de sangre.
Ya en el siglo XIII, Guillem de Cabestany, trovador y caballero rosellonés, se ve rodeado por la mística y los motivos caníbales del acto de tragarse el corazón. Cuando Ramon de Castell Rosselló, noble y marido de Na Saurimonda (la amante del trovador), descubre el engaño, mata al trovador, le arranca el corazón y lo cocina para su esposa para que se lo coma sin que ella sea consciente de ello. Cuando la calamidad se descubre, Saurimonda proclama que nunca más volverá a comer nada en la vida y, posteriormente, se lanza de cabeza desde el balcón.
Otro episodio de cardiofagia lo encontramos en el tercer capítulo de La Vita Nuova, de Dante Alighieri, donde se nos presenta el famoso «sueño del corazón comido». El dios Amor aparece ante el poeta envuelto en una nube de fuego, sosteniendo a Beatriz entre los brazos. De repente, Amor despierta a Beatriz y le ofrece como alimento el corazón en llamas de Dante, que sostiene en una de las manos. La joven, atemorizada y con cierta resistencia, acaba sucumbiendo a la petición e ingiere el corazón del florentino. Amor, como respuesta directa al acto, rompe en amargos sollozos y vuelve a subir con Beatriz hacia el cielo.
Este motivo no solo se materializa para expresar pasión, sino que también encapsula una visión polisémica que toma forma de deseo y lenguaje: ambas cosas se obtienen mediante el acto de la digestión, procesos orales que devoran todo aquello que se les pone por delante. Emily Dickinson ilustra muy bien esta hambre caníbal de querer devorar al amante mediante el lenguaje en su poema Art thou the thing I wanted? (1873):
Art thou the thing I wanted?
Begone—my Tooth has grown—
Supply the minor Palate
That has not starved so long—
I tell thee while I waited
The mystery of Food
Increased till I abjured it
And dine without Like God—
(¿Eres tú lo que quería? /Vete: mi diente ha crecido. /Sacia el paladar menor /que no ha pasado hambre durante tanto tiempo. /Te digo que, mientras esperaba, /el misterio del Alimento /creció hasta que lo abjuré /y ceno sin Él, como Dios—)
Hay una aproximación a la divinidad a través de la capacidad de engullir el corazón (los sentimientos, las emociones, el amor) de alguien. Solo Dios —sea cual sea— puede adentrarse tan profundamente dentro de nosotros; sin embargo, parece que el enamorado, usando la poesía de forma teofánica, también puede sumergirse de lleno en nuestros órganos. Al igual que en la eucaristía, el amado consumido todavía late latente dentro del amante que lo consume.
La corporalidad, en lugar de presentarse como una entidad sostenida en la solidez de un cuerpo, se imagina aquí como un proceso en perenne devenir, que nunca llega realmente a un estado final. De la misma manera que comer desvela las formas en que experimentamos la corporeidad, también desvela las maneras en que consumimos a través de la lectura. La comida (el corazón) y su ingesta arraigan los cuerpos a la materialidad, mientras, a su vez, disuelven la frontera entre interior y exterior.
Los cuerpos comen, beben, celebran, excretan, practican sexo y, aunque el motivo del corazón comido se sublime con el hecho divino, en última instancia el cuerpo acaba siendo humano; con sus agujeros, sus grietas, sus fluidos, sus fallos y sus anhelos. Los que necesitan sustento son los que permanecen vivos. Solo los muertos no necesitan alimentarse. La literatura, al fin y al cabo, es una digestión; una metáfora que nace de las transustanciaciones que el cuerpo opera sobre sí mismo, mientras la comida constituye un tesauro de todos los estados de ánimo y sensaciones que procesa.
La carne quiere carne, pero no siempre de la manera que creemos.
























