Mar Camps (Palamós, 1991) es periodista. Graduada en Humanidades y con un máster en Periodismo Internacional por la Universidad Pompeu Fabra. Coeditora de la revista La Llera del Ter y cofundadora del festival Literatura de Soca-rel, ha colaborado en Gavarres, Diari de Girona, El Punt Avui, Hora Nova, Revista de Girona, La Mira, Diari ARA y La Directa, y es editora del libro Arquitectura medieval a la llera del Ter (La Miniua, 2025). Debutó en la ficción en 2025 con Sense mans pel camí fondo, su primera novela (Ed. Gavarres).
¿Cuál fue el punto de partida que te llevó a escribir No vengáis al pueblo a descansar? ¿Nació de una experiencia concreta o de una acumulación de miradas?
Vi que era importante escribir un relato —porque esto es un relato, una mirada muy particular— sobre el pueblo a raíz de la muerte de Elsa Peretti, diseñadora de joyas en Tiffany, que se instaló en Sant Martí Vell, en el Gironès, en los años setenta. Las noticias publicadas hablaban de Elsa Peretti como la persona que restauró y devolvió la vida a un pueblo. En la última entrevista que concedió dijo: “En Sant Martí Vell hice lo que creía necesario para devolver a la vida muchas ruinas abandonadas”. Había comprado unas dieciocho casas y tres masías, algunas unidas por galerías subterráneas, con la voluntad de crear una “casa en expansión”.
Un porcentaje importante del conjunto del pueblo era de su propiedad. Si un inversor comprara buena parte de una ciudad, ¿qué diríamos? Con los pueblos todo el mundo se atreve, como si no pudieran valerse por sí mismos, como si necesitaran ser rescatados. Y los pueblos no necesitan salvadores.
El libro defiende una idea sencilla: nuestros pueblos reclaman ser entendidos como centros en sí mismos, llenos de vida, contradicciones y voz propia. Hablas de un éxodo urbano que busca pueblos a medida y que, en esa búsqueda, los transforma. ¿Crees que este éxodo urbano está provocando un cambio estructural o es solo algo puntual?
En las últimas décadas ha habido distintos momentos de este “éxodo urbano”. No soy socióloga, ni geógrafa ni filósofa: hablo desde el análisis que puedo hacer a partir de mis lecturas o de aquello que he ido viendo y escuchando como coordinadora de una revista que reúne a una docena de pueblos entre el Gironès y el Empordà.
Después de la pandemia, muchas personas han decidido hacer “un cambio de vida” e irse a vivir a un pueblo. Y eso genera, en algunos casos, cierto malestar. Empezando por el problema de la vivienda: este éxodo urbano que se debe, en parte, a la gentrificación de las ciudades también desencadena una elitización de los pueblos. Sus vecinos ven cómo aumentan los precios y se encuentran con dificultades para quedarse.
En este caso, también existe una tendencia a querer hacerse los pueblos a medida: los nuevos vecinos empiezan a quejarse, por ejemplo, de las campanas, a cuestionarlo todo sin tener en cuenta a la gente del lugar, cierran caminos y derechos de paso. Creen que el pueblo debe adaptarse a sus deseos, a sus necesidades, y no al revés.
Estos problemas, sin embargo, suelen ser puntuales: con el tiempo se llega a un entendimiento mutuo.
¿En qué detectas o en qué te basas para afirmar si es un cambio estructural o solo puntual?
Los problemas estructurales se dan en los pueblos con un alto porcentaje de segundas residencias. Hay que recordar que, en el Empordà, entre el treinta y el cincuenta por ciento de las viviendas son de uso no principal. Estas segundas residencias tienen un efecto negativo, especialmente, en los pueblos pequeños, los considerados con más “encanto”, los del Empordanet de Josep Pla.
Se han convertido en pueblos de postal, en lugares de descanso, de disfrute, de “desconexión”, lugares donde no se vive la mayor parte del tiempo. Y eso afecta a la vida del pueblo: se pierde el tejido social, cultural y asociativo; también peligran servicios básicos, como la escuela; se deshacen la memoria y el patrimonio local, y todo aquello que, en definitiva, hace diferente a un pueblo de otro. Por eso digo que estos pueblos se acercan al concepto de no lugar. Un no lugar, en este caso, rural y bonito: espacios que no se habitan, que tan solo son transitados, consumidos, y que son casi indistinguibles unos de otros.
En el libro hay una tensión entre el pueblo vivido y el pueblo “consumido”. ¿Crees que esa tensión es reversible o ya forma parte de la nueva identidad de los territorios?
No sabría decir hasta qué punto es reversible; en cualquier caso, es preocupante. Es preocupante la mirada o la visión que se tiene, a menudo, de los pueblos desde el mundo urbano. En los últimos años se ha puesto de moda la palabra “territorio”, que ya se debería empezar a desterrar. Territorio para referirse a cientos de pueblos, ya sean del norte o del sur del país; o como sinónimo de esparcimiento, de nieve y montaña, de calas y pueblecitos. Hay que insistir en que nuestros pueblos, valles, costas, montañas y comarcas tienen nombre, que no son espacios abstractos de desconexión ni un telón de fondo para vivir o consumir experiencias. Hace falta una nueva manera, más respetuosa, de entender nuestro país.
¿Cómo equilibras la mirada crítica con el hecho de no caer en una idealización contraria del mundo rural?
Hay crítica, efectivamente: los pueblos a veces son idealizados, especialmente por su entorno y paisaje, y al mismo tiempo también son denigrados porque hay quien no entiende, desde fuera, las dinámicas sociales o a su gente. Los pueblos deben intentarse conocer y entender sin prejuicios. Y eso requiere tiempo.
Quien vive en un pueblo, quien habita un lugar, no idealiza: idealiza quien se ha marchado, quien transita por él, quien no puede acceder. Lo que hay que hacer es valorar el propio pueblo, con todo lo bueno y lo malo: es importante amar la porción de espacio que habitas. Los pueblos a menudo han sido menospreciados y necesitan dotarse de autoestima.
En un contexto político delirante e inestable, la vida en el pueblo, su concreción y el trato cotidiano con los vecinos, tiene algo de redentor. Sirve de refugio.
El libro tiene un estilo muy híbrido, con partes más periodísticas y de observación y fragmentos más literarios o evocadores. ¿Cómo ha influido tu trayectoria como periodista en la manera de escribir este ensayo? ¿Has tenido que “desaprender” el registro periodístico en algún momento?
Bebo de la tradición “gavarrense”: muchos autores de esta zona mezclan el periodismo, la literatura y el paisaje natal. Como si fueran indisociables. Pienso en Xavier Cortadellas, Antoni Puigverd, Miquel Pairolí, Miquel Martín o el mismo Josep Pla, entre otros.
La revista Gavarres, y el proyecto de Àngel Madrià, para mí han tenido un papel fundamental a la hora de entender esta parte del mundo y de explicarla: un periodismo que cuenta historias, que da voz a la gente del lugar, que conserva los dialectalismos, todo ello con cierto aire de crónica. Es lo que intentamos hacer también con la revista La Llera del Ter.
Cuando escribes sobre el Empordà y Les Gavarres, ¿hasta qué punto hablas de un territorio concreto y hasta qué punto utilizas ese espacio como espejo de un fenómeno más global?
Hablo desde lo concreto y, aun así, creo que el discurso de este libro puede interpelar a personas que nunca han pisado los pueblos que describo. Para mí, la ultralocalidad y la idea de universalidad van de la mano. Es aquel verso de Narcís Comadira: “Lo que está cerca es lo que nos lleva lejos”. De hecho, sentir curiosidad, conocer y amar tu entorno te permite acercarte y respetar más otras realidades.
El libro genera incomodidad en algunos lectores. ¿Te interesaba explícitamente provocar esa incomodidad o es una consecuencia inevitable del tema?
No debería generar incomodidad: se trata de una voz que retrata un malestar existente en una parte del país. Mucha gente no nos sentimos identificados ni reflejados en los discursos de los medios de comunicación nacionales y de los centros de poder.
La intención es generar debate: un debate sobre cómo se entienden los pueblos, sobre qué llamamos territorio, sobre su voz y su valor, sobre el problema de la vivienda y las segundas residencias, sobre el habla dialectal. El debate siempre es positivo, aunque en la sociedad actual solo queremos escuchar discursos alineados con nuestra opinión, complacientes y autocomplacientes, y eso es un error. Si queremos tener un país cohesionado y equilibrado, hay que poner estas cuestiones sobre la mesa.
¿Hacia dónde crees que irá y hacia dónde te gustaría que fuera el futuro de nuestros pueblos?
Confío en que cambie la mirada actual hacia los pueblos. Me gustaría que los pueblos estuvieran vivos y recuperaran la autoestima: que sus núcleos antiguos —algunos con mil años de historia— volvieran a ser los centros neurálgicos; que desde los ayuntamientos se impulsaran políticas a partir de las características del municipio, teniendo en cuenta a la gente, el patrimonio y la memoria del lugar; que se garantizaran espacios de encuentro básicos (puntos de lectura, centros cívicos, locales para los jóvenes) para asegurar el tejido social y cultural y fomentar la creatividad colectiva; que estuvieran bien comunicados y que la gente joven no tuviera que marcharse para poder tener un buen futuro profesional.
Los pueblos tienen una gran capacidad transformadora a pequeña escala: lo único es que no deben dejarse llevar por discursos vagos, sin ningún impacto real. Hacen falta medidas concretas para garantizar la igualdad social, por ejemplo, y desde el pueblo se puede hacer. Por otro lado, aquí la creatividad aflora de una manera singular e irrepetible: hay pocos recursos al alcance, pero también menos burocracia y más libertad. Y hay que creer en ello.
En conclusión, creo que hay que tener presentes las palabras del poeta y artista Perejaume: “Los lugares, en aquello más esencial que es pesar en el mundo, no rivalizan; todos tienen su propia superficie de peso. Ningún lugar es repetible y, por eso, cualquier pedazo de mundo es digno de reverencia tanto como el que más. Todas las piedras son valiosas, todas. Y los lugares, también.