El papel de los lazos familiares, especialmente el de una madre con sus hijas, es el eje central de Nadie conoce su sangre. ¿Por qué esta perspectiva central? ¿En qué se diferencia del papel de la paternidad?
Creo que la relación madre-hija es una de las más complicadas que heredamos sin haberlo elegido. Una hija no solo hereda de su madre una familia, un idioma, un cuerpo o una historia; también hereda ideas sobre cómo debe ser una mujer, cómo debe comportarse, qué debe desear y qué debe temer. Me interesaba esta relación porque encierra amor y violencia, ternura y control, identificación y rechazo, a veces todo al mismo tiempo. La madre quiere proteger a la hija, pero la protección puede convertirse fácilmente en otra forma de control. La hija quiere ser ella misma, pero también está negociando constantemente con la persona de la que procede. La paternidad funciona de manera diferente en la novela, en parte porque nuestras sociedades han construido históricamente la maternidad y la paternidad de forma distinta. Normalmente se espera que las madres estén presentes física y emocionalmente, que se encarguen de los detalles cotidianos de la vida de los hijos, mientras que a los padres se les suele conceder un tipo diferente de distancia. Me interesaba esa asimetría y lo que ocurre cuando situamos la relación madre-hija en el centro, en lugar de tratarla como una historia doméstica secundaria.
Siguiendo con los lazos familiares en tu novela, ¿cómo influyen en la revolución palestina, la resistencia y la descolonización?
Para mí, la resistencia no se limita a actos políticos espectaculares. También existe dentro del hogar, dentro del cuerpo, dentro del lenguaje y en las relaciones entre padres e hijos. Las familias palestinas cargan con una enorme carga histórica. Llevan consigo el desplazamiento, la pérdida, la violencia política, los recuerdos de lugares que quizá ya no existan y las ideas sobre la supervivencia. Pero las familias también pueden reproducir formas de disciplina y autoridad que no tienen nada que ver directamente con la lucha política.
Esto era importante para mí. No quería plantear una simple oposición entre un mundo exterior opresivo y una inocente familia palestina en el seno del hogar. Quería plantear preguntas más difíciles: ¿Qué ocurre con nuestras ideas de libertad cuando entran en la familia? ¿Podemos resistirnos a la dominación política al tiempo que reproducimos el control en nuestras relaciones íntimas? ¿Podemos imaginar la liberación sin cuestionar también la forma en que criamos a nuestros hijos y las expectativas que depositamos en las mujeres? Para mí, por lo tanto, la descolonización también tiene una dimensión íntima. Implica preguntarnos qué hemos heredado, qué queremos conservar y qué podríamos tener que rechazar.
En el libro escribes: estoy convencida de que la maternidad es una idea inventada por otros para mantener en pie a la sociedad, una idea que tiene mucho más que ver con la política que con el hecho de ser humano, un concepto, en definitiva, que no hace más que disciplinar e imponer una forma de vivir la vida, limitándola, encadenándola. ¿De dónde surge esta idea y por qué crees que nos mantiene a todas encadenadas?
No quiero decir que la maternidad en sí misma sea una invención, por supuesto. La relación entre una madre y un hijo/a es profundamente humana. Lo que cuestiono es la enorme construcción social que hemos creado en torno a la maternidad. Hemos creado una figura casi imposible llamada «la buena madre». Se supone que debe ser infinitamente paciente, abnegada, emocionalmente disponible, responsable, protectora, moralmente correcta y agradecida por todo ello. Y cuando una mujer no cumple este papel según las expectativas de la sociedad, se la juzga muy rápidamente. La dimensión política comienza aquí. La maternidad se convierte en una forma de regular los cuerpos, el tiempo, la sexualidad, el trabajo, las ambiciones y las relaciones de las mujeres. Les dice a las mujeres qué se les permite desear y qué parte de sí mismas se les permite conservar. Escribir la novela me permitió preguntarme qué pasaría si separáramos la experiencia humana real de la maternidad de la enorme ideología social construida en torno a ella. ¿Y si una madre pudiera amar profundamente a sus hijos y, aun así, estar enfadada, ser egoísta, estar agotada, ser ambiciosa, sexual, contradictoria o, simplemente, no estar dispuesta a desaparecer dentro de la maternidad? Creo que las cadenas provienen de la creencia de que solo hay una forma legítima de ser madre —o de ser mujer—.
El libro tiene un cierto aire picaresco y humorístico a pesar de abordar temas de gran peso y tragedia. ¿Cómo consigues equilibrar el humor (tan necesario en estos tiempos) con la gravedad de las circunstancias?
El humor no es lo contrario de la tragedia. En la vida palestina, a menudo ambos conviven en la misma frase. Crecí rodeada de gente capaz de hablar de algo devastador y, de repente, hacer una broma al respecto. A veces, el humor es una forma de sobrevivir a la realidad sin negarla. Nos da un pequeño respiro. Tampoco me siento deliberadamente a pensar: «Ahora tengo que hacer que esta escena sea divertida». El humor suele surgir de los propios personajes, de lo absurdo de las situaciones, de la brecha entre lo que la gente cree de sí misma y lo que realmente hace. Para mí, el humor puede hacer que la tragedia resulte más dolorosa, en lugar de menos. Cuando te ríes con un personaje, te encariñas con él. Entonces, cuando le ocurre algo doloroso, lo sientes de otra manera. Creo que la novela necesitaba esa contradicción. Una historia palestina no tiene por qué ser solemne todo el tiempo para ser seria.
En Nadie conoce su sangre, presentas a los profesores como figuras que se entrometen en la relación madre-hija, dictando cómo debe una madre criar a su retoño. ¿Por qué abordas esta relación? ¿Qué papel desempeñan los profesores en tu obra y cómo refleja esto la realidad?
La escuela es uno de los lugares donde la sociedad se cuela en la familia. Los profesores no solo enseñan matemáticas o lengua. También transmiten ideas sobre la disciplina, el comportamiento adecuado, el éxito, el fracaso, el género y cómo debe ser un «buen/a niño/a». A su vez, a los padres se les suele juzgar a través de sus hijos. Me interesaba ese triángulo entre el niño/a, el padre/la madre y la institución. La madre cree que está criando a su hija, pero de repente aparecen profesores, colegios, médicos, familiares y otras instituciones que le dicen lo que debe hacer. Esto resulta especialmente interesante cuando la niña es una niña, porque las normas que la rodean pueden llegar a ser muy detalladas: cómo se viste, habla, se comporta, se sienta, se mueve y se expresa. Por eso, en mis escritos, los profesores no son simplemente villanos o héroes. Forman parte de un sistema social más amplio y, a veces, reproducen sus supuestos sin siquiera cuestionarlos.
Las protagonistas, las hermanas, son adolescentes. ¿Qué tienen sus voces que no se puede reproducir en las de un adulto? ¿De qué manera les afectan los conflictos por los que pasan?
Los adolescentes habitan un espacio extraño y poderoso. Tienen la edad suficiente para ver las contradicciones de los adultos, pero son lo bastante jóvenes como para no haberlas aceptado del todo como algo inevitable. Me interesaba ese momento previo a que una persona haya aprendido por completo a autocensurarse. Los adolescentes pueden ser crueles, divertidos, egoístas, generosos, confundidos e increíblemente perspicaces —a veces, todo ello en el mismo minuto—. Sus voces también me permitieron escribir sobre el mundo político y social sin tener que explicarlo siempre. Experimentan las cosas a través de sus cuerpos y sus relaciones antes de disponer del vocabulario necesario para teorizar sobre ellas. Los conflictos por los que pasan afectan a su forma de entender la familia, la autoridad, la amistad, la sexualidad, el miedo y la libertad. Pero no quería que se convirtieran en símbolos de «la juventud palestina». Tenían que seguir siendo personajes individuales y complejos. Se les permite malinterpretar las cosas. Se les permite contradecirse. Se les permite ser normales. Esa normalidad era importante para mí.
¿Qué importancia tiene que una de tus obras más importantes se haya traducido por fin al castellano?
Para mí es muy importante. Cada traducción crea otra vida posible para un libro. El árabe no es simplemente el idioma en el que escribo; encierra ritmos particulares, referencias sociales, bromas, tensiones y silencios. Cuando el libro pasa a otro idioma, algunas cosas cambian inevitablemente, pero surgen otras posibilidades.
El español es especialmente significativo porque abre la novela a lectores de un amplio espacio lingüístico y cultural con sus propias y complejas historias de colonialismo, dictadura, resistencia, familia y memoria política.
No espero que un lector español «entienda Palestina» simplemente leyendo mi novela. La literatura no funciona como una campaña informativa. Espero, en cambio, que el lector se adentre en las vidas de estos personajes, se encariñe con ellos, se ría con ellos, se enfade con ellos y, tal vez, empiece a ver Palestina no solo como una cuestión política, sino como un lugar habitado por seres humanos complejos.
Además de tu carrera como novelista, poeta y autora infantil, también diriges el Palestine Writing Workshop, un programa para jóvenes palestinos que fomenta el amor por la lectura a través de proyectos de escritura creativa. ¿Cómo se ha reflejado este proyecto en tu escritura y en tu forma de contar historias?
Trabajar con jóvenes escritores me ha enseñado a escuchar. Cuando enseñas a escribir, descubres rápidamente que no hay una única forma correcta de contar una historia. Los jóvenes escritores suelen aportar estructuras inesperadas, imágenes extrañas y preguntas que un escritor experimentado quizá haya aprendido a reprimir. El Taller de Escritura de Palestina también me ha mantenido en contacto con diferentes realidades palestinas. He trabajado con jóvenes de ciudades, pueblos y campos de refugiados, y esto me ha recordado constantemente que no existe una única experiencia palestina. Ha influido en mi escritura al hacerme prestar más atención a la voz. Me interesa quién habla, desde dónde, y qué ocurre cuando permitimos que alguien cuente una historia de una forma que no se ajusta a las expectativas que ya hemos creado en torno a ellos.
¿Cómo consigues plasmar y preservar la memoria, la cultura y la identidad a través de la narración y la literatura?
No creo que la literatura preserve la cultura al encerrarla en un museo. Para mí, la literatura preserva las cosas permitiéndoles seguir vivas, cambiando y, a veces, incluso contradiciéndose a sí mismas. Una historia puede conservar una palabra que está desapareciendo, un chiste, una receta, un gesto, un paisaje, una historia familiar, una forma de hablar, una relación entre personas. Pero también puede conservar algo mucho menos tangible: lo que sentía una persona al contemplar una calle concreta, o el sonido de la voz de una abuela. La memoria no es un archivo que permanece inalterable. Es algo que reconstruimos continuamente. La literatura nos ofrece un lugar donde estas diferentes versiones de la memoria pueden coexistir.
¿Cómo recupera Palestina la literatura a través de las voces contemporáneas?
Palestina suele representarse a través de imágenes que ya nos resultan familiares: el refugiado, el combatiente de la resistencia, el olivo, la piedra, la víctima. Estas imágenes tienen su importancia histórica y emocional, pero la literatura palestina contemporánea puede hacer algo más. Puede decir: «También somos personas que nos enamoramos, cometemos errores, tenemos relaciones sexuales, cotilleamos, criamos a nuestros hijos, nos aburrimos, sentimos celos, reímos, discutimos con nuestras madres, nos preocupamos por el dinero, escribimos mensajes tontos, tenemos sueños extraños». Para mí, esta es también una forma de recuperar Palestina.
Insistir en la complejidad de la vida palestina es negarse a permitir que Palestina exista únicamente como titular político. La literatura puede devolver la vida cotidiana a la experiencia palestina.
¿Qué otras lecturas sobre Palestina recomendarías para mantenernos informados y tomar conciencia (aunque solo sea en pequeña medida) de los crímenes que se están cometiendo allí?
Recomendaría leer literatura palestina de la forma más amplia y variada posible, en lugar de buscar un solo libro que pueda explicar lo que es Palestina.
La poesía es esencial, porque ha acompañado la vida palestina durante generaciones. Recomendaría a Mahmoud Darwish, Ghassan Zaqtan, Zakaria Mohammed, Mourid Barghouti, Tariq Al-Arabi, Dalia Taha y Samer Abu Hawash, entre muchos otros.
En cuanto a la ficción y las memorias, escritores como Ghassan Kanafani, Sahar Khalifeh, Fadwa Tuqan, Adania Shibli, Raja Shehadeh y Badar Salem ofrecen formas muy diferentes de abordar la vida, la memoria y la historia palestinas. También recomendaría encarecidamente leer a escritores palestinos más jóvenes, especialmente a aquellos que escriben desde Gaza y desde diferentes comunidades palestinas en la actualidad. Sus voces matizan la imagen de Palestina que a menudo se presenta desde fuera.
Y quizás lo más importante: animaría a los lectores a no abordar la literatura palestina únicamente como testimonio del sufrimiento. Léanla como literatura. Léanla por su lenguaje, su humor, su imaginación, sus historias de amor, sus contradicciones y su belleza. La vida palestina es mucho más amplia que la violencia que se le impone, incluso cuando esa violencia es imposible de ignorar.

