🎶 Quan ve el temps de collir castanyes
La castanyera, la castanyera
Ven castanyes de la muntanya
A la plaça de la ciutat
La camisa li va petita
La faldilla li fa campana
Les sabates li fan cloc-cloc
I al ballar sempre gira així
Sona la música
La-rai-la, la-la, la-le-ro
Sona la música
La-rai-la, la-rai-la-ro 🎶
(Cuando llega el tiempo de recoger castañas, la castañera, la castañera, vende castañas de la montaña en la plaza de la ciudad.
La camisa le queda pequeña, la falda le hace campana, los zapatos le hacen cloc-cloc, y al bailar siempre gira así.
Suena la música, la-rai-la, la-la, la-le-ro. Suena la música, la-rai-la, la-rai-la-ro)
Como no puede ser de otra manera, damos la bienvenida al otoño sumándonos a esta fiesta tan nuestra como lo es la Castanyada. Con la llegada del frío, iniciamos una época de transiciones, de cosecha y de reuniones alrededor del calor de la tradición y la figura mística que todo lo hace posible: la castanyera.
Y es que el otoño se nos presenta así, como una frontera: un espacio donde replantearnos las cosas, un período de cambio y de memoria. Un momento para recordar a aquellos que ya no están, a quienes han hecho el tránsito definitivo y regresan con nosotros a través de la vitalidad de sus recuerdos. Todos los Santos, juntamente con el Día de los Muertos, el magosto, Halloween y el Samhain, forma parte de un grupo de festividades otoñales de raíz pagana donde la transición, la memoria y el cambio son el pilar fundamental.
Los celtas, exentos de templos, cultivaban gran parte de sus tradiciones al aire libre, como en los bosques. Durante la fiesta del Samhain, celebrada el 1 de noviembre, se invocaban los poderes del otro lado y se propiciaba la abundancia de las cosechas. Era el comienzo de una nueva gestación y de una comunicación abierta entre los habitantes de este mundo y los del más allá. Alimentos como las setas y los hongos, por ejemplo, se consumían especialmente durante estas fechas debido a su capacidad de crecer incluso en los lugares más oscuros y a su asociación con la regeneración y la renovación vital: una forma más de saber oculto y transformador, erigiéndose como símbolo de muerte y renacimiento.
En Cataluña, estas celebraciones desembocan en la famosa tradición previamente mencionada: la Castanyada. Esta festividad tiene ciertos elementos esenciales que nunca pueden faltar: los panellets, los boniatos, las visitas al cementerio y, la más importante de todas —nuestra protagonista—, la castanyera con sus castañas. No es ninguna coincidencia, entonces, que durante esta época se coma, en abundancia, el fruto del castaño.
El castaño ya se representaba en los cultos paganos como metáfora de vida, renacimiento, unión y reinterpretación. Jenofonte, en el siglo IV a.C., en su obra Anábasis, lo describía como el «árbol del pan» y explicaba cómo los soldados, durante las largas campañas militares, consumían castañas por su alto valor nutricional. Hildegarda de Bingen, en su obra Physica (Libro III), habla de las propiedades y los beneficios del castaño y lo califica como un árbol de naturaleza cálida y equilibrada, de frutos virtuosos.
Dicho sea de paso, de castaña en castaña, no podemos pasar por alto quién las recoge y quién las asa: la castanyera, que, al igual que sus frutos, se convierte en guía espiritual y emblema de la tradición catalana. A través de su cocina y de sus cuidados —entregándonos la ambrosía que revive—, nos ayuda a recorrer los diferentes estados por los que deambulamos.
La castanyera aviva fuegos, quema hojarasca y unifica la totalidad de la experiencia humana. El vínculo con los muertos y con nuestra futura defunción nos hace sentir más cerca los unos de los otros, invitándonos a ofrecer una mano desinteresada en tiempos de cambio, a afrontar las encrucijadas con coraje y a aceptar la etapa final de un ciclo. Sus castañas rememoran la infinitud de un tándem sempiterno, conocedora de todas las tormentas que están por llegar.
El ego, una vez más, se disuelve en el caudal de los ríos para reencontrarnos con quienes ya no están y recoger todo lo que hemos cultivado a lo largo del año. El otoño y la castanyera separan todo aquello que está maduro y marchito, para consagrarlo, una vez más, a su renacimiento.
La Castanyada, en Cataluña, se consolida como una tradición viva que, de generación en generación —de estación en estación—, nos brinda el perpetuo recordatorio de que todos pereceremos algún día para redescubrirnos como abono que nutre a los castaños.
Celebremos, un ciclo más, ser caducas.



























